El analista político Vladímir Kopchak afirmó que Vladímir Putin necesitaba su encuentro con Ilham Aliyev en Dusambé más que Bakú, y que así lo demostraron las imágenes.
En declaraciones al programa semanal de Novosti Kavkaza, Kopchak sostuvo que el Kremlin considera ahora a Azerbaiyán su activo más valioso en el Cáucaso Sur, mientras asume que Armenia “no tiene adónde ir”.
Dusambé, y no Moscú ni Bakú, fue elegida como sede porque las opciones de viaje de Putin se han reducido; además, un escenario neutral ayudó a amortiguar las sensibilidades internas y regionales.
Según explicó, la conversación giró en torno al derribo del avión de pasajeros azerbaiyano, un episodio que continúa marcando la memoria pública de la crisis. La posición pública de Putin presentó el hecho no como una nueva muestra de arrepentimiento, sino como un recordatorio de que ya se había disculpado a finales del año pasado.
Para el público internacional, observó Kopchak, esa distinción se redujo a un solo titular —“Putin se disculpó”— y la batalla informativa se perdió.
Afirmó que Bakú dispone de pruebas técnicas que apuntan a un impacto del sistema Pantsir-S1, y que el lugar del accidente, en Kazajistán, hizo imposible un encubrimiento, sobre todo porque las grabaciones locales y el rápido acceso de especialistas extranjeros debilitaron las primeras versiones de Moscú. Son sus afirmaciones; Rusia aún no ha presentado una investigación completa aceptada por todas las partes.
Tras la puesta en escena, Kopchak cree que el Kremlin llegó a Dusambé con una lista de intercambios concretos. La energía y la logística dominaron la agenda: gasolina en medio de interrupciones en las refinerías, partes del corredor de transporte Norte–Sur y avances en el enlace ferroviario iraní Resht–Astara, que podría reconfigurar el transporte regional de carga en beneficio de Rusia.
También mencionó la posibilidad de “re-etiquetar” gas a través de terceros países para facilitar su entrega a Europa, una idea que ha acompañado a los regímenes de sanciones desde 2022 y que reaparece periódicamente en los rumores regionales.
Nada de esto, sugirió, implica una restauración del antiguo orden. Más bien, revela que Moscú busca soluciones alternativas mientras sufre un daño reputacional que ya no puede reparar completamente.
Kopchak relacionó la coreografía diplomática con negociaciones discretas sobre detenidos. Según su versión, Moscú presionó con fuerza por dos figuras mediáticas rusas que él vincula a los servicios de seguridad, mientras que Rusia podría haber considerado gestos humanitarios a cambio.
Las afirmaciones no han sido verificadas públicamente, pero, según Kopchak, estas transacciones explican por qué algunos de los temas más polémicos —como un célebre caso de asesinato en Ekaterimburgo— apenas aparecieron en los comunicados oficiales.
También subrayó una frase de Putin que, a su juicio, irritará a Bakú: describir a Azerbaiyán como un “país de habla rusa”. Independientemente de la intención, señaló Kopchak, la expresión sonó como un eco del lenguaje imperial y no será olvidada.
Para Azerbaiyán, ve dos puntos de presión que Moscú podría intentar si la distensión se deteriora: presionar a la diáspora azerbaiyana en Rusia o tantear el círculo del presidente mediante operaciones de influencia.
Cualquiera de las dos opciones, afirmó, provocaría una respuesta, ya que Bakú ha aprendido a sustituir las importaciones rusas a través de Turquía y otros países y es poco probable que cambie su autonomía estratégica por una calma temporal. Ese cálculo, dijo, se refleja en el fortalecimiento paralelo del triángulo Ankara–Bakú–Tiflis.
Las reuniones regulares entre los ministros de defensa y los vínculos industriales de larga data aún no constituyen un tratado formal, pero Kopchak los interpreta como los cimientos de una arquitectura de seguridad en la que Turquía —no Rusia— actúa como garante de la estabilidad.
También se muestra escéptico respecto a los rápidos comentarios de Moscú sobre la reactivación del formato “3+3” en Bakú o Ereván, pronosticando que Putin evitaría asistir en persona incluso si la cumbre llegara a concretarse.
La semana en Dusambé también tuvo un marco más amplio. Kopchak señaló Sharm el-Sheij, donde Azerbaiyán y Armenia participaron en conversaciones sobre Oriente Medio en ausencia de Israel y Hamás, como evidencia de un modelo diplomático que legitima la coerción al recompensar a los tomadores de rehenes.
A su juicio, un plan para Gaza originado en la era Trump corre el riesgo de institucionalizar la impunidad y seguirá afectando a la región incluso si se mantiene el alto el fuego. Sobre Ucrania, indicó que las necesidades inmediatas de Kiev siguen siendo la defensa aérea y el permiso para atacar la infraestructura militar rusa, mientras el Kremlin se prepara para otra campaña invernal contra la red eléctrica.
Cuatro inviernos después de una guerra de desgaste contra transformadores, subestaciones y puentes, advirtió que ambas partes se preparan para decisiones de escalada que el público aún no está listo para afrontar.
En el balance limitado de Dusambé, el argumento de Kopchak es que Bakú acumuló influencia sin ceder demasiado. Rusia ganó un escenario para reiterar que ya había pedido disculpas y para probar propuestas energéticas y de tránsito que se ajustan a sus limitaciones.
Azerbaiyán, por su parte, mantuvo abiertas sus opciones en los corredores ferroviarios y de oleoductos, dejó claro que expresiones como “país de habla rusa” no definen su soberanía y preservó un canal de comunicación funcional sin pretender restaurar la relación del pasado.
Que ese equilibrio se mantenga dependerá menos de reuniones formales que de lo que ocurra este invierno: en los cielos de Ucrania, en las costas de Oriente Medio y en las vías férreas y carreteras que hoy determinan el poder tanto como los discursos.


