En algún momento de la vida, te das cuenta de que no hay nadie ni nada a quien temerle. Pero volverse emocional y mentalmente resiliente toma tiempo—te cuesta buena parte de tu vida.
De niños, a menudo nos decían: “No tengas miedo, solo di la verdad.” Pero para muchos, decir la verdad solía terminar con el cinturón del padre o el rodillo de la madre. Esa lección—marcada en la piel, no en la memoria—nos enseñó que callar o mentir era más seguro.
Antes—y para muchos, todavía hoy—padres, escuelas y la sociedad creían que disciplina era igual a violencia. Y esta creencia no solo se aceptaba; se celebraba. Nuestro idioma está lleno de frases como: “La letra con sangre entra,” o “A la hija que no se le pega, el padre la llorará.”
En resumen, los golpes se han incrustado en nuestra identidad nacional—un pilar torcido de la crianza.
Este modelo se basa en el miedo, no en la confianza. Sumisión, no seguridad. Crea hogares donde la obediencia es más importante que la seguridad emocional.
Psicólogos y educadores pueden explicar mejor cuán roto está este modelo. Si yo lo hago, me tachan de traidor. Así que pasemos a una verdad más oscura: el silencio de las víctimas de abuso.
Según UNICEF, cada cuatro minutos, un niño muere en el mundo como resultado de la violencia.
Alrededor de 90 millones de niños vivos hoy han sufrido violencia sexual.
En todo el mundo, unas 650 millones de niñas y mujeres—una de cada cinco—han sido víctimas de abuso sexual en la infancia. De ellas, más de 370 millones fueron violadas o agredidas sexualmente.
En solo el último año, unas 50 millones de chicas de 15 a 19 años—una de cada seis—fueron víctimas de abuso físico o sexual por parte de su pareja.
Entre 410 y 530 millones de niños y hombres—aproximadamente uno de cada siete—fueron abusados sexualmente de niños.
Dos tercios de los niños en el mundo—1.600 millones—sufren abuso físico y psicológico regularmente en casa.
Un dato aterrador: la mayoría de los niños asesinados por violencia son varones. Tres de cada cuatro víctimas fatales de abuso infantil son niños.
Estas cifras no son solo números. Cada uno es un niño. Una vida humana truncada.
Y esto ni siquiera es el panorama completo. La mayoría de las víctimas nunca habla. Porque tienen miedo. Porque no entienden lo que les pasa. Porque sus límites personales ya fueron destruidos. Las niñas y mujeres mayores temen al estigma. Los niños sufren aún más en silencio—atrapados entre el trauma y las expectativas de masculinidad. Muchos se suicidan. El abusador sigue—impune.
¿Por qué?
Porque la sociedad suele culpar a la víctima.
Si una mujer es violada, es su culpa. Debió vestir mal, comportarse mal, estar en el lugar equivocado. “Una mujer decente no estaría en esa situación”, dicen.
Esta lógica retorcida siempre protege al depredador. Mantiene a las víctimas calladas durante años, incluso décadas. Muchos sobrevivientes finalmente hablan, pero ya han sufrido traumas repetidos. Peor aún, sus propias familias y amigos a menudo se niegan a creerles o protegerles.
Considera una exposición global llamada “¿Qué llevabas puesto?” que muestra ropa y testimonios de víctimas de agresión sexual. La idea es simple: destruir el mito de que la ropa de la víctima causa el crimen. El mensaje es claro—al abusador no le importa lo que lleves puesto. Lo que le importa es el miedo. Y el silencio.
Ahora, la verdadera razón por la que escribo esto. Un caso reciente en Azerbaiyán fue noticia: un hombre de 64 años fue arrestado por actos indecentes contra una niña de 4 años. Las redes sociales explotaron. Sin embargo, muchos comentarios—de hombres y mujeres—culpaban a la niña.
Sí. Culparon a una niña de 4 años.
Me pregunto—si esas mismas personas vieran a un hombre de 64 años hacerle eso a su propia hija, ¿también culparían a la niña?
Tenemos que enseñarles a nuestros hijos que nadie—ni siquiera un padre—tiene derecho a tocar su cuerpo sin su consentimiento. Que ningún tío, vecino, maestro o adulto tiene derecho a “ser cariñoso” de manera inapropiada. Que deben hablar si algo les parece mal.
Y también debemos enseñarles que si sus propios padres no les escuchan o no les creen, deben ir a la policía.
Y aquí va la verdad dura: si un padre prioriza la opinión pública sobre la seguridad de su hijo, no merece la patria potestad. Punto.
Esta sociedad debe entender de una vez—los niños son seres humanos. No propiedad. No muñecos.
Y un último mensaje—si estás leyendo esto y alguna vez te quedaste callado sobre un abuso que sufriste, escucha: nunca fue tu culpa. Nunca.
Si sobreviviste, ya eres un guerrero. Te veo. Te creo.
Te mando un abrazo.


