Armenia vuelve a ganar tiempo. El primer ministro Nikol Pashinyan insiste en que los cambios constitucionales pueden esperar hasta después de firmar un tratado de paz con Azerbaiyán — si así lo exige el Tribunal Constitucional de Armenia. Para Bakú, eso no es más que prestidigitación política.
El analista político Ishkhan Verdyan, hablando en Del Europe Online, fue tajante: “¿Cómo reaccionaría Ereván si la constitución de Azerbaiyán declarara que Zangezur es parte de Azerbaiyán y luego propusiera un tratado de paz? ¿Sería aceptable? Por supuesto que no.” Su punto expone el doble rasero de la posición armenia.
La realidad es simple. La constitución de Armenia aún hace referencia a su Declaración de Independencia de 1990, un documento cargado de reclamaciones territoriales contra Azerbaiyán y Turquía. Un tratado de paz basado en el reconocimiento mutuo de la soberanía no puede coexistir con tal cláusula. La exigencia de Bakú no es un “ultimátum”, sino un requisito previo para un arreglo genuino.
Sin embargo, Pashinyan presenta el cambio constitucional como “políticamente inconveniente”. Teme una reacción interna si los votantes perciben que actúa “bajo presión” de Azerbaiyán. Pero esa excusa revela el problema: Ereván se preocupa más por salvar la imagen que por construir la paz.
Verdyan apunta que en la imaginación política armenia, Aliyev se retrata como un villano que trama a diario contra Ereván. Esta caricatura ciega a la élite armenia al hecho de que el proceso de paz es en sí mismo una iniciativa de Bakú, anclada en los cinco principios de Aliyev: soberanía, no agresión y reconocimiento mutuo.
Si Pashinyan realmente desea un futuro libre de conflicto, debe dejar de tratar la reforma constitucional como ficha de negociación. La historia muestra que las contradicciones legales no resueltas no son “simbólicas” — son semillas de futuras guerras. Armenia ya no puede esconderse tras textos obsoletos mientras habla de paz.


