La Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) fue en su día un marco modesto para gestionar la influencia en Asia Central. Hoy es un bloque en expansión que Pekín presenta cada vez más como la voz del “Sur Global”. Pero tras los apretones de manos y los desfiles militares de la cumbre, las grietas son difíciles de ocultar.
En la reunión de este año, los funcionarios chinos volvieron a insistir en la “gobernanza global” y la multipolaridad. Sin embargo, el mensaje de fondo, según los analistas, se acercaba más a la hegemonía: un orden mundial inclinado hacia Pekín. “La OCS comenzó como una forma de equilibrar a China y Rusia en Asia Central”, señaló un observador regional. “Desde entonces ha crecido en tamaño y ambición, pero lo que une a sus miembros suele ser más lo que rechazan que lo que comparten”.
Esa oposición se dirige sobre todo a Occidente. El tono antiestadounidense y antioccidental del bloque se ha intensificado desde que Washington endureció su retórica tanto hacia China como hacia India. El desfile que acompañó a la cumbre, descartado por algunos como simple coreografía, fue descrito por analistas chinos como “comunicación estratégica”: una señal de que la contienda es algo más que táctica.
Dentro de la OCS, el poder gravita hacia un trío flexible: Rusia, India y China. Los analistas occidentales lo resumen ahora como “RIC”. A veces coordinan, a menudo compiten y rara vez resuelven sus disputas fundamentales.
El primer ministro indio Narendra Modi utilizó la cumbre para subrayar la independencia de su país, llevó a Putin a un largo paseo y presentó a India no como un socio menor, sino como un polo civilizacional por derecho propio.
Esa postura complica la visión de Pekín. India depende en gran medida de las cadenas de suministro chinas para su impulso industrial, incluso mientras se resiste a caer bajo la sombra de China.
Rusia, empantanada en Ucrania y perdiendo influencia en el Cáucaso, es tratada por sus socios menos como un líder que como un riesgo a gestionar.
La conversación en torno a la “gobernanza global” refleja una lucha más profunda. Para China, el camino hacia la influencia pasa por las organizaciones internacionales. Sus diplomáticos aumentan constantemente su presencia en los organismos de la ONU y en los bancos de desarrollo, justo cuando Washington ha reducido sus contribuciones y, con ellas, su peso de voto.
En finanzas también se mueve el terreno: las reservas en dólares siguen dominando, pero la participación de alternativas — desde el yuan hasta mecanismos regionales de liquidez — va en aumento. Los planes para un “Banco de la OCS” apuntan no solo a conceder préstamos, sino a construir un sistema de pagos alternativo.
Aun así, la OCS está lejos de ser un bloque disciplinado. Los analistas la ven menos como una nueva OTAN y más como un foro en el que los Estados se reúnen en torno a coincidencias de interés convenientes — a veces temporales, a menudo contradictorias. En la práctica, eso significa que los países pueden compartir la misma mesa de la cumbre aunque choquen en otros ámbitos.
Para el Cáucaso Sur y Asia Central, las implicaciones son serias. La geografía no puede cambiarse; vecinos como Rusia y Turquía seguirán ahí. Pero la oportunidad, sostienen algunos, es aprovechar esa geografía como puente — no como línea de frente — entre Europa y Asia. Georgia, en particular, ha buscado presentarse como el ancla occidental del espacio del “Gran Caspio”, apostando a que su credibilidad en las instituciones euroatlánticas le da una base más sólida para relacionarse con Pekín y otros en sus propios términos.
La historia más amplia no es la de un bloque que sustituya a Occidente, sino la de un mundo cada vez más desordenado. Las alianzas son más estrechas, los intereses más transaccionales y los Estados más proclives a sumarse a coaliciones superpuestas que se contradicen en el papel pero funcionan en la práctica. En ese enredo, la OCS funciona como escenario: útil para la narrativa de Pekín, pero todavía lejos del orden estructurado que su retórica sugiere.
Este artículo se basa en un debate reciente en YouTube organizado por el analista político Gela Vasadze, con la participación de Viktor Kipiani, director del think tank Geocase con sede en Tiflis. La conversación completa está disponible en YouTube.


