La última diatriba de Serguéi Mardan no fue solo desagradable: fue una advertencia. Cuando un vocero aprobado por el Kremlin dice abiertamente que un ciudadano ruso nacido en Azerbaiyán debe ser eliminado de una lista electoral únicamente por su etnia, ya no estamos hablando de política. Estamos hablando del racismo como doctrina de Estado. No finjamos que es una retórica inofensiva. Así comenzó en la Alemania nazi. Primero vinieron los discursos cuestionando la lealtad. Luego las leyes que excluían a los candidatos “indeseables”. Después llegaron las insignias, las estrellas, los campos. El guion es trágicamente familiar.
Hoy los azerbaiyanos en Rusia son presentados como “forasteros”, a pesar de décadas de contribuciones: desde construir empresas hasta servir en el ejército. Mañana pueden verse obligados a declarar públicamente su origen, quizás incluso a llevar “etiquetas de nacionalidad”, como los judíos llevaban estrellas amarillas en sus abrigos.
Y no se equivoquen: las palabras de Mardan no fueron improvisadas. Son parte de una narrativa creciente del Kremlin que equipara la “rusidad” con la sangre, no con la ciudadanía. El mensaje es claro: tu pasaporte no vale nada si tu apellido no es eslavo.
Para las minorías en toda Rusia, este es el camino hacia el borrado. Lo que Mardan exige hoy en Ivánovo mañana puede exigirse en todo el país. Y una vez que se acepta que un candidato puede ser eliminado por sus raíces, es fácil eliminar a miles, incluso millones.
El Kremlin aún no reparte brazaletes, pero la lógica ya está ahí: dividir, estigmatizar, purgar. Así es como el fascismo vuelve a respirar.
La pregunta no es si los azerbaiyanos pueden confiar en Moscú. La pregunta es si Rusia misma se desliza hacia unos nuevos años treinta, donde el odio es ley y los seres humanos quedan reducidos a su ascendencia.


