Saturday, March 21, 2026
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El Papel Creciente de Azerbaiyán en la Organización de Cooperación de Shanghái: ¿Oportunidad Estratégica o Riesgo?


La Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) puede no tener el peso de la OTAN o la Unión Europea, pero su ascenso constante la hace imposible de ignorar. Con el 40 % de la población mundial, una cuarta parte del PIB global y miembros de peso como China, Rusia e India, el bloque ha pasado de ser un foro regional de seguridad a una plataforma de influencia económica y política, según Caliber.Az.

Para Azerbaiyán, socio de diálogo desde 2015, la participación ha abierto puertas a nuevos mercados, acuerdos de infraestructura y visibilidad diplomática. La presencia constante del presidente Ilham Aliyev en las cumbres de la OCS —de Samarcanda a Astaná y más recientemente Tianjin— refleja la intención de Bakú de permanecer en la mesa donde se trazan las estrategias euroasiáticas. Sin embargo, este papel en expansión conlleva tanto oportunidades como riesgos.

En el lado de las oportunidades, China ocupa un lugar central. Su Iniciativa de la Franja y la Ruta depende de corredores este-oeste seguros, y la geografía de Azerbaiyán lo coloca en el centro de esas rutas. Las inversiones en ferrocarriles, puertos y oleoductos ya han convertido a Bakú en un centro de tránsito crucial. La cooperación con Pekín ofrece perspectivas de una integración comercial más profunda, transferencia de tecnología y financiamiento de infraestructura en un momento en que las cadenas de suministro globales están cambiando.

Los lazos culturales y de poder blando también han crecido. La casa comercial de Azerbaiyán en Qingdao y la diplomacia cultural —desde las conmemoraciones de Nizami Ganjavi en Pekín hasta exposiciones bajo la Fundación Heydar Aliyev— ilustran cómo Bakú utiliza el marco de la OCS para combinar economía con alcance cultural.

Pero los riesgos son igualmente reales. Un alineamiento demasiado estrecho con una organización dominada por Rusia y China plantea preguntas sobre el equilibrio. La posición debilitada de Rusia tras la guerra en Ucrania la ha hecho más dependiente de China, y la OCS refleja esa asociación incómoda. Para Azerbaiyán, cuyos exportaciones energéticas siguen ligadas a los mercados europeos y cuya política exterior enfatiza un pragmatismo multivectorial, un exceso de compromiso podría complicar sus relaciones con Occidente.

Asimismo, la OCS no es un bloque cohesionado. Las rivalidades entre miembros —desde India y Pakistán hasta las diferentes prioridades entre Moscú y Pekín— significan que sus grandes declaraciones a menudo superan los resultados prácticos. Para Azerbaiyán, el desafío es obtener beneficios económicos y diplomáticos tangibles sin verse arrastrado a rivalidades geopolíticas que no sirven a sus intereses centrales.

La cumbre de Tianjin puso de relieve estas dinámicas. Energía, transporte y clima estuvieron en la agenda, y Azerbaiyán tuvo visibilidad. Pero la participación en este tipo de foros no se trata solo de presencia, sino de posicionamiento. La verdadera prueba será si Bakú puede usar la OCS para avanzar en su agenda de infraestructura y comercio, al tiempo que mantiene su delicado equilibrio entre Oriente y Occidente.

La estrategia de Azerbaiyán en la OCS, por tanto, se entiende mejor no como un giro, sino como una cobertura. En un mundo donde los alineamientos globales están cambiando, Bakú apuesta a que sentarse en varias mesas —Bruselas, Ankara, Moscú, Pekín— es más seguro que elegir solo una. La pregunta es cuánto tiempo podrá mantener ese acto de equilibrio.

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