Cada nación sueña con que su historia esté llena de logros y con el menor número posible de páginas vergonzosas. Cuando ocurren episodios desagradables, hay dos caminos: reconocerlos con honestidad e incluso disculparse —como hicieron los alemanes con los judíos o los estadounidenses con los descendientes de los pueblos originarios y de los esclavos africanos—. O esconder la verdad bajo montañas de mitos y falsificaciones.
Hoy es Rusia la que ha llevado este camino de negación al absurdo. Lo que llaman “periodismo” en los canales federales se parece más a una competencia: quién miente más alto, quién calumnia con mayor ingenio, quién inventa la versión más monstruosa.
De MH17 al vuelo de AZAL
Los métodos son los mismos. Cuando en 2014 fue derribado el Boeing malasio sobre Ucrania, los medios rusos ofrecieron toda clase de versiones: un caza ucraniano, un error de la defensa aérea, incluso un atentado contra el avión de Putin. Una de las “fotos satelitales sensacionales” fue pronto desenmascarada como montaje.
Hoy se desarrolla una campaña similar en torno al avión de AZAL derribado cerca de Grozni. Los pilotos supusieron al principio colisión con aves o explosión de un cilindro —era difícil creer que un avión civil pudiera ser atacado sin aviso. Pero se presentaron pruebas: del fuselaje extrajeron fragmentos de un misil del sistema ruso “Pantsir”. En vez de reconocer la culpa —otra avalancha de cuentos sobre “drones ucranianos” y “complot occidental”.
Imaginemos la situación inversa: si Azerbaiyán hubiera derribado un avión de pasajeros ruso. Moscú exigiría disculpas, indemnización, castigo. En 2020, cuando militares azerbaiyanos derribaron por error un helicóptero armenio, Bakú hizo exactamente eso: reconoció, pidió disculpas, pagó compensación y castigó a los responsables. Rusia no es capaz de eso.
Fábricas de falsedades
El principal instrumento es la cantidad. La verdad se entierra bajo montañas de mentiras. Se repite la mentira una y otra vez, hasta que el espectador crea o se canse del tema. Así fue con Bucha e Irpín, con el envenenamiento con “Novichok” en Reino Unido, con decenas de otros episodios.
Pero hay un problema: fuera de Rusia ya nadie lo cree. En Azerbaiyán la gente hace tiempo dejó de ver canales rusos —no por orden de arriba, sino por repugnancia al flujo de falsificaciones baratas. Esos canales se han convertido en fábricas no solo de desinformación, sino de desinformación de baja calidad.
Por qué los vecinos se alejan
Al Kremlin le gusta explicar la marcha de las repúblicas postsoviéticas como “rusofobia”. Pero la verdadera causa es otra: la propia Rusia. Negarse a reconocer errores, actitud arrogante hacia los vecinos, propaganda descarada —eso es lo que aleja a los antiguos aliados.
Al intentar envenenar el campo informativo ajeno, Moscú envenenó el suyo propio. Tiene emisiones, pero no confianza. Y sin confianza no se puede retener ni aliados ni respeto.
La historia tiene sus propias leyes. Y ninguna propaganda puede anularlas.


