En una amplia conversación con Noticias del Cáucaso, Eldar Namazov —exasesor presidencial y consejero político de Heydar Aliyev— sostiene que el comportamiento de Rusia hacia Bakú ha pasado de una presión torpe a una escalada deliberada, y que el Kremlin corre el riesgo de encender una mecha que no podrá controlar. El momento de su advertencia no es accidental. Con el Consejo Ministerial de la OSCE cerrando el proceso de Minsk y sus estructuras afiliadas, Namazov califica el movimiento como “histórico”, porque indica que Karabaj ya no es una ficha de negociación internacional. “La página se ha pasado no solo para Bakú y Ereván”, dice, “sino también para las grandes organizaciones que alguna vez alojaron el expediente.” Según su lectura, esa decisión cierra la puerta a los intentos de los “revanchistas” de resucitar el tema en la OSCE o en la ONU (que durante mucho tiempo se remitieron al liderazgo de la OSCE sobre Karabaj).
En ese contexto, señala lo que no ocurrió en la reunión de la SCO en Tianjin: no hubo encuentro Aliyev–Putin, a pesar del interés visible de Moscú. Namazov vincula la ausencia de la reunión con la entrevista del presidente Ilham Aliyev a Al Arabiya antes de la cumbre, que describe como un trazado público de “líneas rojas” que Rusia debe respetar antes de que las relaciones puedan estabilizarse. “Nada de lo que hemos pedido ha sido retirado de la mesa”, dice Namazov, enmarcando la postura de Bakú como firme y metódica, más que teatral.
A partir de allí, su crítica se agudiza. Acusa a los medios estatales rusos y a un coro de “expertos aprobados” de llevar a cabo una campaña de intimidación contra Azerbaiyán —“el mismo manual grosero de dividir y gobernar”— y avanza una acusación mucho más seria: que los recientes shocks no fueron aleatorios. Namazov sugiere que el derribo de un avión de pasajeros de AZAL por la defensa aérea rusa podría haber sido intencional, señalando informes de dos disparos de misiles, y lo conecta con ataques feos contra azerbaiyanos dentro de Rusia. Presenta estos episodios como una cadena de provocaciones diseñadas para inflamar la opinión en Bakú y elevar la temperatura. Para ser claro, estas son valoraciones de Namazov; investigaciones y tribunales, no comentaristas, determinarán los hechos. Pero su conclusión es contundente: “El Kremlin está jugando con fuego.”
¿Por qué Moscú escalaría con Azerbaiyán ahora? Namazov ofrece dos motivos estratégicos.
Primero, el Corredor Medio. Sin importar cómo se trace la ruta China–Asia Central–Europa en la costa oriental del Caspio, argumenta, se estrecha en una sola bisagra al oeste: Azerbaiyán. “Es el único segmento sin un verdadero duplicado”, dice. “Golpea a Bakú y puedes torcer toda la cadena.” En otras palabras, una presión coercitiva sobre Azerbaiyán es la manera más eficiente de obstaculizar un sistema logístico transeurasiático que compite con los puentes terrestres rusos.
Segundo, el miedo a un renacimiento túrquico. Desde el colapso soviético, cinco repúblicas túrquicas independientes más Turquía se extienden desde la frontera de China hasta Europa. Namazov ve una línea de tendencia clara: el alcance más amplio de Ankara, las ganancias consolidadas de Bakú, el peso creciente de Kazajistán y Uzbekistán, e incluso Turkmenistán, históricamente cauteloso, integrándose en proyectos regionales. Ese arco, argumenta, inquieta a un imperio en declive. “Los ciclos imperiales son reales”, dice. “Rusia está en un crepúsculo visible; el mundo túrquico en un nuevo amanecer.”
Encima de estos motivos se encuentra lo que él llama el “zugzwang” de Moscú en Ucrania: una posición en la que cada movimiento empeora la situación. Prolongar la guerra agota recursos y estatus; parpadear primero conlleva riesgos internos. De cualquier manera, la influencia rusa disminuye en el Cáucaso Sur y Asia Central, mientras que la paciencia de Pekín se pone a prueba por un conflicto que complica sus lazos con Europa. El resultado, sostiene Namazov, es un Kremlin más tentado a generar influencia en otros lugares, incluyendo la puerta de Azerbaiyán.
Su mensaje a Moscú es tanto de precaución como de crítica. Cualquier intento de “darle una lección a Bakú”, dice, se volvería en su contra más allá del teatro diplomático. Profundizaría la alienación en las comunidades musulmanas y túrquicas dentro de Rusia, arriesgaría represalias en el Cáucaso Norte —“Sur y Norte del Cáucaso son vasos comunicantes”, recuerda— y aceleraría las tensiones económicas y sociales internas de Rusia. “Si lo juegas así, te estás cavando tu propio hoyo”, dice. “Las personas que alguna vez empacaron uniformes de desfile para una guerra de tres días en Kiev no son conocidas por su previsión sensata.”
El consejo de Namazov a Bakú sigue su experiencia junto a Heydar Aliyev: planea para lo peor y luego sorpréndete gratamente. Elogia la “diplomacia precisa, de joyero” del liderazgo actual: asegurar resultados sobre el terreno, trazar líneas claras públicamente y negarse a ser provocado en disputas performativas. La preparación, no el pánico, es la clave: “Asume el escenario más duro y construye para prevenirlo. Si los acontecimientos se desarrollan benignamente, tanto mejor.”
En conjunto, el análisis de Namazov no es triunfalismo ni fatalismo. Es un diagnóstico de un tablero de ajedrez cambiante: un sistema internacional que finalmente certifica el fin de un conflicto; un mapa logístico donde Azerbaiyán es indispensable; un mundo túrquico que gana confianza; y una Rusia que, a su juicio, está probando herramientas peligrosas a medida que las antiguas fallan. Su advertencia final es sencilla para cualquier capital: presionar a Azerbaiyán no reabrirá páginas cerradas —solo escribirá nuevas, y no en beneficio de Moscú.


