Farhad Mammadov (@mneniyefm)
El regreso al statu quo previo a la crisis en las relaciones azerbaiyano-rusas parece inalcanzable. El derribo de un avión de AZAL por fuerzas rusas y la reacción de Moscú ante la tragedia desencadenaron un fuerte deterioro en los vínculos. Según los analistas, lo que emerge ahora son los contornos de una “nueva normalidad”, donde el pragmatismo económico puede sobrevivir mientras la política y los lazos humanitarios se debilitan.
Lo que se perdió
Hasta hace poco, la relación incluía un diálogo regular de alto nivel: los líderes se reunían varias veces al año, hablaban por teléfono y coordinaban estrechamente cuestiones bilaterales. Bakú y Moscú a menudo alineaban sus posturas en plataformas internacionales, evitando movimientos que pudieran provocarse mutuamente.
La cooperación económica se apoyaba en tres pilares: el volumen comercial, proyectos estratégicos como el corredor Norte–Sur y la energía, y las inversiones mutuas. La cooperación técnico-militar, antes un elemento importante, terminó efectivamente tras febrero de 2022.
La dimensión humanitaria – desde las comunidades rusas en Azerbaiyán hasta los migrantes azerbaiyanos en Rusia y el uso extendido del idioma ruso – añadía una profundidad emocional a los lazos.
Lo que está surgiendo
Hoy, el diálogo político de alto nivel se ha derrumbado en gran medida. En los últimos seis meses, los presidentes intercambiaron solo un breve saludo; los contactos sustantivos se han relegado a los viceprimeros ministros a través de la comisión intergubernamental. Esto, señalan observadores, ilustra la profundidad de la ruptura y marca un cambio hacia nuevos términos de compromiso.
Existen hitos simbólicos: el 7 de octubre, cumpleaños del presidente Vladímir Putin, cuando tradicionalmente lo llama el líder azerbaiyano; y la cumbre de la CEI a fin de año en Rusia, donde la participación de Ilham Aliyev puede depender del comportamiento de Moscú.
En política exterior ya no hay alineación automática. Rusia pierde prioridad en la agenda externa de Azerbaiyán, con vínculos canalizados cada vez más a través de los ministerios de relaciones exteriores en lugar de los parlamentos.
La economía puede convertirse ahora en el ancla de las relaciones, siempre que se frene la presión étnica sobre los azerbaiyanos en Rusia. El comercio sigue siendo mutuamente beneficioso y ambas partes mantienen interés en proyectos estratégicos. El presidente Aliyev señaló recientemente que el corredor Norte–Sur podría incluso pasar por la ruta de Zangezur, subrayando la capacidad de maniobra de Bakú.
El ámbito humanitario es el más dañado. Con el cierre de centros culturales rusos en Bakú y las políticas migratorias más estrictas de Moscú, reconstruir la confianza parece poco probable. Medidas de fomento de confianza, como la liberación de ciudadanos detenidos en ambos países, podrían ayudar a estabilizar la situación, pero gran parte del daño ya está hecho.
El camino a seguir
Los analistas sostienen que la “nueva normalidad” requiere compartimentar: aislar la cooperación económica de las grietas políticas y humanitarias. Sin esa autonomía, cualquier incidente podría desencadenar un colapso mayor.
Un momento decisivo llegará a fin de año, cuando se aclare la investigación del accidente aéreo. Si Moscú cumple las expectativas de Bakú sobre la rendición de cuentas, la crisis podría contenerse. De lo contrario, Azerbaiyán podría llevar el asunto a tribunales internacionales, profundizando la ruptura.
Por ahora, la trayectoria probable es mantener el compromiso económico junto con un diálogo político mínimo y la erosión de los lazos culturales. Lo que antes unía emocionalmente la relación ahora corre el riesgo de convertirse en fuente de fricción. La durabilidad de este nuevo marco dependerá de si ambas partes logran establecer límites claros y aceptar expectativas reducidas en la gestión de una asociación frágil pero necesaria.

