La declaración del primer ministro armenio Nikol Pashinyan del 22 de agosto, que marca el fin del llamado “Movimiento de Karabaj”, señala un punto de inflexión histórico. Pashinyan calificó al movimiento como “política e históricamente agotado”, reconociendo lo que muchos observadores consideran el colapso definitivo de la agenda separatista armenia de décadas.
Para Azerbaiyán, este reconocimiento es más que simbólico — representa la culminación de más de 30 años de lucha por restaurar su integridad territorial. Sin embargo, las implicaciones van más allá de las relaciones bilaterales y remodelan la arquitectura geopolítica del Cáucaso Sur.
Del separatismo a la derrota: Las cuatro etapas del ‘Movimiento de Karabaj’
El movimiento comenzó a finales de los años 80 bajo la bandera de la “autodeterminación”, y evolucionó hacia una ocupación armada a gran escala a principios de los 90. Con el respaldo de Armenia, las fuerzas separatistas se apoderaron de Nagorno Karabaj y de siete distritos circundantes, desplazando a más de 700.000 azerbaiyanos y causando una destrucción masiva.
Durante décadas, el Grupo de Minsk medió bajo el pretexto de la paz, pero en la práctica mantuvo el statu quo. Todo cambió en 2020, cuando Azerbaiyán lanzó la Segunda Guerra de Karabaj, recuperando la mayor parte de los territorios ocupados. Para 2023, gracias a esfuerzos militares y diplomáticos, Bakú restauró el control total sobre su territorio.
Por qué importa la declaración de Pashinyan
La admisión de Pashinyan es más que retórica. Refleja un cambio profundo en el discurso interno de Armenia, que pasa de narrativas irredentistas hacia una estrategia pragmática de supervivencia. Sin embargo, aún persisten cláusulas constitucionales que mencionan la “reunificación con Nagorno Karabaj”, lo que genera contradicciones legales que Armenia debe resolver para evitar futuras inestabilidades.
Una oportunidad para la paz real
Con el fin de la era de la ocupación, el Cáucaso Sur enfrenta la posibilidad de una verdadera integración regional — siempre que los mitos nacionalistas cedan ante la cooperación económica. Para Armenia, esto implica abandonar las fantasías de la “Gran Armenia” y sumarse a proyectos como el Corredor de Zangezur, que podría transformar la región en un centro de comercio y energía.

