La cumbre en Alaska entre el presidente de EE. UU., Donald Trump, y el presidente de Rusia, Vladímir Putin, tuvo tanto de gestos y símbolos como de intercambios diplomáticos, según analistas.
Hasan Oktay, director del centro turco KAFKASSAM, dijo a Oxu.Az que el encuentro evidenció cómo ambos líderes intentaron proyectar fortaleza mientras disfrazaban la tensión subyacente.
“Trump ha presentado desde hace tiempo un alto el fuego en Ucrania como su prioridad”, señaló. “La cumbre buscó mostrar que Washington, y no Moscú, marca la agenda regional”. Añadió que la elección de Alaska fue deliberada —una señal de ventaja en terreno propio— y que el sobrevuelo de bombarderos B-2 durante la reunión reforzó ese mensaje.
Moscú, por su parte, respondió con sus propios guiños: la indumentaria del canciller Serguéi Lavrov se interpretó como un mensaje sutil, mientras que la llegada de Putin escoltado por cazas sugirió que persisten riesgos de guerra. Aun así, Putin adoptó un tono más suave con sonrisas, gestos cálidos y señales de confianza en el enfoque de Trump.
“Oktay observó: “Ambos líderes estaban visiblemente tensos, pero trabajaron para proyectar compostura. Su lenguaje corporal fue una puesta en escena del control”.
La cumbre llega tras meses de fricciones pese a las promesas de campaña de Trump de distender relaciones. Sus amenazas de sanciones y plazos acortados a Moscú siguen frescos, mientras intenta equilibrar Ucrania, a los aliados europeos y el conjunto de la relación EE. UU.–Rusia.
En última instancia, subrayó Oktay, la coreografía —posturas, sonrisas y sobrevuelos— pesará menos que los documentos y declaraciones que salgan después: “Las fotos muestran preparación y confianza; pero el resultado real se medirá en acuerdos, no en gestos”.


