Mañana, la Casa Blanca será escenario de una reunión observada de cerca en Bakú, Ereván y mucho más allá. El presidente azerbaiyano Ilham Aliyev y el primer ministro armenio Nikol Pashinián se verán las caras por invitación personal de Donald Trump — un encuentro que podría definir no solo el ansiado acuerdo de paz, sino también una nueva arquitectura de seguridad para el Cáucaso Sur, con Estados Unidos como actor clave.
Durante décadas, el equilibrio regional del Cáucaso Sur estuvo dominado por Rusia, Turquía e Irán. Pero la disminución del papel de Moscú tras la guerra en Ucrania, el activismo creciente de Ankara y el renovado interés occidental por la energía y los corredores de tránsito han creado una oportunidad que Washington quiere aprovechar. La Casa Blanca aspira a ofrecer un nuevo formato de mediación que, según la visión diplomática estadounidense, podría dar paso tanto a la paz como a proyectos capaces de transformar el entorno regional.
En el centro de la agenda está la apertura de rutas de transporte, incluido el muy debatido Corredor de Zangezur — que conectaría Azerbaiyán continental con su enclave de Najicheván y Turquía a través de una franja de territorio armenio. Para Bakú, es cuestión de restaurar la conectividad nacional y potenciar su rol de tránsito. Para Ereván, es una posible salida a años de autoaislamiento. Washington insiste en que el corredor podría integrarse en una red de transporte internacional más amplia con respaldo occidental.
El momento es estratégico. Un borrador de tratado de paz se acordó en principio a principios de este año, pero quedó bloqueado por cuestiones no resueltas — desde la redacción de la constitución armenia respecto a la integridad territorial de Azerbaiyán hasta el futuro del Grupo de Minsk de la OSCE. Trump y su equipo creen que el aval de EE.UU. puede ser el empuje final. Las declaraciones públicas de que el acuerdo está “casi listo” han alimentado las expectativas, aunque quedan detalles polémicos.
Gracias a los recientes avances diplomáticos, Azerbaiyán y Armenia pueden ahora negociar cara a cara, aunque no descartan la facilitación estadounidense. Por eso la reunión en la Casa Blanca es especialmente relevante. A diferencia de la administración Biden, que Bakú percibía como pro-armenia, Trump se ha mostrado equidistante y dispuesto al diálogo basado en el respeto mutuo. Sus relaciones constructivas previas con Azerbaiyán aumentan la confianza de Bakú en el proceso.
Para Washington, cerrar formalmente el conflicto es solo el primer paso. La cita del viernes pondrá a prueba la voluntad política de ambos líderes. Aliyev llega fortalecido por victorias militares y diplomáticas, buscando compromisos claros e irreversibles para la agenda de posconflicto. Pashinián, bajo presión interna, tratará de evitar cualquier fórmula que en Armenia se vea como concesión.
Para Trump, un éxito demostraría la capacidad de EE.UU. no solo para implicarse en la diplomacia del Cáucaso Sur, sino para ser un mediador de paz global. Recién nominado al Nobel de la Paz por líderes de Camboya, India y Pakistán, Trump podría sumar a Aliyev y Pashinián a la lista si Washington logra siquiera un acuerdo marco.
El resultado podría definir la política regional durante años. EE.UU. no solo quiere ser testigo del proceso, sino convertirse en garante principal, vinculando la región al sistema económico y político global. El desenlace se conocerá el viernes por la noche.


