Saturday, August 1, 2026
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La Iglesia Armenia como Obstáculo para la Paz


Por Eldar S.

Por primera vez en décadas, la paz entre Azerbaiyán y Armenia ha pasado de ser una aspiración lejana a convertirse en una realidad política. La cumbre de Washington del 8 de agosto demostró que el liderazgo de Ereván finalmente está preparado para enfrentar los hechos: las reclamaciones territoriales y la agresión hacia Azerbaiyán solo han traído desastre a la propia Armenia.

El primer ministro Nikol Pashinián, al dirigirse a su pueblo después de la cumbre, admitió: “Finalmente hemos rechazado la guerra como instrumento. Este es el comienzo de una nueva etapa”. Sus palabras pesan. Al renunciar públicamente a cualquier intento de venganza, abrió la puerta a una nueva lógica: una basada en la convivencia, no en el conflicto.

Y sin embargo, incluso cuando el gobierno armenio da pasos tímidos pero reales hacia la reconciliación, se enfrenta a un formidable adversario interno. No la oposición, no los grupos de presión de la diáspora, sino la Iglesia Apostólica Armenia.

Durante siglos, la Iglesia ha actuado como el motor ideológico del nacionalismo armenio, promoviendo la venenosa ilusión de la “Gran Armenia” y enseñando a generaciones a ver a turcos y azerbaiyanos no como vecinos, sino como enemigos eternos. Su influencia es profunda: desde el Catolicosado de Etsmiadzin hasta la llamada “Gran Casa de Cilicia” en el Líbano, todos repiten la misma negativa al compromiso.

El ejemplo más reciente vino del Catolicós Aram I, quien rechazó la importancia del avance hacia la paz en Washington e insistió en que “Artsaj no es el pasado”. Esta actitud desafiante contrasta fuertemente con el reconocimiento de Pashinián de que sin cerrar el capítulo de Karabaj, la paz es imposible. En resumen, la Iglesia todavía se aferra a un mito que ya ha condenado a Armenia al aislamiento económico y a derrotas repetidas.

Esto es más que terquedad. Es dogma. Es la santificación de la guerra como destino, la glorificación de la obsesión territorial como misión divina. Y es precisamente este control clerical sobre la conciencia armenia lo que sigue siendo el mayor obstáculo para la estabilidad regional.

Los gobiernos pueden enmendar constituciones, firmar tratados y redirigir la política nacional. Las sociedades, con el tiempo, pueden adaptarse a nuevas realidades. Pero desmantelar el papel arraigado de la Iglesia como proveedor espiritual del odio será un proceso mucho más difícil —y doloroso—. Sin ello, toda iniciativa de paz corre el riesgo de ser saboteada desde dentro.

La gran tragedia es que las víctimas son los armenios de a pie. Se les niega la oportunidad de vivir en prosperidad, comerciar libremente con sus vecinos e integrarse en un Cáucaso Sur pacífico. En cambio, son rehenes de un dogma clerical que exige sacrificios no por el futuro de Armenia, sino por su pasado.

Si Ereván habla en serio sobre la paz, debe enfrentar esta verdad: el camino hacia la reconciliación no pasa solo por Washington o Bakú, sino también por Etsmiadzin. Hasta que la Iglesia Armenia sea despojada de su papel como sumo sacerdote de la hostilidad, la paz seguirá siendo frágil, amenazada permanentemente por la misma institución que afirma encarnar el alma de la nación.

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