Por Nigar Aliyeva | 23 de julio de 2025
Una vez más, Vladímir Solovyov —el incendiario y autoproclamado “patriota principista” de la televisión rusa— ha soltado una ráfaga de insultos, dramatismo artificial y profecías delirantes. ¿El detonante esta vez? La participación de representantes tanto ucranianos como rusos en el 3º Foro Global de Shusha, celebrado del 19 al 21 de julio en la ciudad azerbaiyana de Jankendi.
En un video que ya circula ampliamente en redes, Solovyov logra superar incluso a las infames “escuadras de Putin” —esas señoras uniformadas que exigen a los presidentes estadounidenses que dejen de orinar en los portales de Moscú— en cuanto a lo absurdo.
¿Qué lo sacó de sus casillas? Que el periodista ucraniano Dmytro Gordon formulara una pregunta en ruso al presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, y que este respondiera también en ruso. En la mente de Solovyov, esto constituye una ofensa a la dignidad nacional rusa.
Nunca importa que Gordon no hable azerbaiyano ni que Aliyev no hable ucraniano. El ruso, como lengua común heredada del espacio postsoviético, sigue siendo una herramienta de comunicación práctica, no un acto de lealtad política. Pero Solovyov, hábil manipulador del mensaje, intentó convertir este intercambio en un debate sobre la decadencia del idioma ruso frente al ascenso de las lenguas nacionales. En realidad, lo que él denuncia es soberanía en acción.
Paradójicamente, el propio Solovyov reconoció la educación y templanza de Aliyev —cualidades de las que él mismo carece. El gesto diplomático del mandatario azerbaiyano no fue sumisión, sino cortesía: garantizar que tanto los presentes como la audiencia internacional pudieran seguir la conversación.
A partir de ahí, el berrinche televisado tomó su curso habitual: acusaciones a Gordon de ser antirruso, reproches a politólogos como Serguéi Márkov por no abandonar el evento en protesta, y hasta una exigencia delirante de que Gordon debería estar combatiendo en el frente. Irónicamente, Solovyov sigue sin cambiar sus trajes de diseñador por uniforme militar, pese a su entusiasmo bélico.
La realidad es otra: Gordon combate con ideas y argumentos, dando la cara. Solovyov, en cambio, reparte veneno desde la comodidad de su estudio, armado con distorsiones selectivas.
Pero el punto culminante del monólogo llegó cuando amenazó a Azerbaiyán con una guerra “por tierra, aire y mar”. Una fantasía tan grotesca como insostenible: Rusia, empantanada en una guerra costosa y sin fin en Ucrania, no tiene ni capacidad ni margen para abrir un nuevo frente. Aquella ilusión de “tomar Kiev en tres días” lleva ya tres años convirtiéndose en pesadilla. Las sanciones, la crisis económica y el desgaste militar pesan demasiado.
De hecho, el propio Kremlin parece buscar distensión. Hace apenas días, un comunicado oficial aseguró que las diferencias sobre Ucrania “no deberían afectar” las relaciones Moscú-Bakú. Entonces, ¿quién está desinformando al pueblo ruso: el portavoz de Putin o su vocero más estridente?
Solovyov no se detuvo allí. Insinuó, además, que el Reino Unido estaría organizando un golpe de Estado en Bakú —una vieja carta del manual propagandístico ruso. Cada vez que un país del entorno postsoviético se aleja de Moscú, la culpa es, por supuesto, del “malvado Occidente”.
Pero ni siquiera esa narrativa resiste. Azerbaiyán sigue su propio rumbo. Armenia gira hacia otros aliados. Turquía fortalece su papel regional. ¿Y Rusia? A la defensiva.
Lo que queda es el ruido. Y el miedo. El miedo de un imperio en declive, que grita cuando ya nadie escucha. Solovyov no está informando: está suplicando relevancia.
Azerbaiyán no es un satélite, ni un escenario para melodramas imperiales. Es un actor soberano, que habla con claridad, sin gritar y sin necesitar la aprobación de Moscú. Si a Solovyov le cuesta aceptar eso, quizá pronto tenga que explicar sus arrebatos, no ante su audiencia, sino a puertas cerradas.

