El 8 de agosto, drones rusos atacaron un depósito de petróleo de SOCAR en la región ucraniana de Odesa, incendiando tanques de almacenamiento y dañando un oleoducto diésel. Cuatro empleados resultaron heridos. Días antes, un ataque ruso golpeó la estación de distribución de gas de Orlivka, un nodo crítico del gasoducto Transbalcánico que comenzó a transportar gas azerbaiyano a Ucrania el 28 de junio.
Seamos claros: no fueron ataques aleatorios en una zona de guerra. Fueron golpes calculados contra los intereses energéticos de Azerbaiyán, una señal de Moscú a Bakú de que cualquier intento de suministrar energía “eludiendo a Rusia” será castigado. Los propagandistas del Kremlin incluso lo admitieron en la televisión estatal.
De las palabras a la guerra
Durante meses, la hostilidad rusa hacia Azerbaiyán ha pasado de la retórica a la acción. Los insultos en los medios dieron paso a ciberataques contra medios azerbaiyanos, al acoso de líderes de la diáspora en Rusia y, ahora, a ataques militares contra infraestructura vinculada a Azerbaiyán en el extranjero.
El camino hacia esta escalada es obvio. Bakú se ha negado a alinearse con la política del Kremlin, insistiendo en un rumbo exterior y económico independiente. Moscú lo resiente. El punto de inflexión llegó en Washington el 8 de agosto, cuando el presidente Ilham Aliyev, junto al primer ministro armenio Nikol Pashinyan y el presidente estadounidense Donald Trump, firmó una declaración conjunta comprometiéndose a una paz permanente, comunicaciones abiertas y cooperación económica, sin Rusia en la mesa.
Para el Kremlin, fue una humillación. Para Azerbaiyán, fue una liberación.
El fin del “patio trasero” de Rusia
Durante más de dos siglos, Moscú consideró el Cáucaso Sur como su “patio trasero”. Incluso después de la independencia de Azerbaiyán, la política rusa trató la soberanía de Bakú como condicional. En noviembre de 2020, cuando el ejército de Azerbaiyán estaba a las puertas de Jankendi, Vladimir Putin negoció abruptamente un alto el fuego, desplegó “fuerzas de paz” en Nagorno-Karabaj y asumió un papel en la supervisión del corredor de Zangezur. Ese acuerdo ya ha terminado.
Aliyev retiró a las tropas rusas de Karabaj antes de lo previsto y fue a Washington para trazar un futuro para la región, uno en el que Rusia no juega ningún papel.
Los riesgos para Moscú
Si Moscú cree que puede presionar a Bakú con ataques de drones y sabotaje, podría encontrarse con pérdidas estratégicas reales. Azerbaiyán puede reevaluar el uso por parte de Rusia de rutas de tránsito como el Corredor Norte-Sur y Zangezur. Bakú ya está considerando levantar su prohibición de suministrar armas a Ucrania, una decisión que tendría importantes implicaciones geopolíticas.
A pesar de los ataques, Aliyev ha prometido que la cooperación energética con Ucrania continuará. Si Rusia escala aún más, se arriesga a perder no solo su influencia en el Cáucaso Sur, sino también el acceso a infraestructuras críticas para sus propias rutas comerciales.
Azerbaiyán no está solo
El arsenal nuclear de Rusia puede intimidar a otros, pero Azerbaiyán no está aislado. Su aliado más cercano es la segunda mayor potencia militar de la OTAN, Turquía. Tiene una asociación estratégica con Pakistán, un país con armas nucleares. Y ahora disfruta de una relación cada vez más profunda con Estados Unidos, cimentada en Washington la semana pasada.
Moscú debería pensar detenidamente antes de convertir una disputa en una enemistad permanente. Porque una vez que se quite el “seguro”, Bakú no luchará solo.

