Farhad Mammadov, director del Centro de Estudios del Cáucaso Sur
Un nuevo ataque ruso contra la infraestructura de SOCAR en Ucrania ha llevado la tensión entre Moscú y Bakú a un punto crítico. A diferencia de incidentes anteriores, este ataque parece deliberado, cruzando una línea que Azerbaiyán ya no puede ignorar.
Cuando las fuerzas rusas atacaron por primera vez instalaciones energéticas azerbaiyanas en Ucrania, Bakú insinuó que podría reconsiderar las restricciones a la venta de armas a Kiev. La lógica es clara: si Moscú escala más allá de lo habitual, Azerbaiyán también actuará de formas que hasta ahora había evitado.
Este último ataque se produjo pocos días después de que el viceprimer ministro ruso, Alexey Overchuk, anunciara planes para una nueva comisión intergubernamental en Moscú, formato que se había reunido por última vez en Bakú en agosto de 2024. Tal anuncio no se habría hecho sin el consentimiento previo de Azerbaiyán, lo que sugería la disposición de Bakú a mantener el diálogo pese a las tensiones. Algunos analistas incluso especularon que la comisión podría allanar el camino para un posible encuentro de alto nivel en Pekín este mes.
El presidente Ilham Aliyev, en declaraciones recientes a medios estadounidenses, subrayó que el derribo de un avión civil de AZAL por fuerzas rusas no fue considerado deliberado por Bakú. Ese tono conciliador queda ahora socavado por lo que las autoridades azerbaiyanas consideran un segundo ataque intencional contra activos de SOCAR.
En paralelo, la política interna rusa se ha vuelto más hostil: arrestos selectivos de azerbaiyanos en varias regiones, retórica xenófoba de políticos marginales y comentarios abiertamente racistas amplificados en los medios. La política de doble vía desde Moscú es evidente: mientras un sector impulsa el diálogo, otro apuesta por la intimidación. A diferencia de Irán, donde las divisiones internas explican señales contradictorias, en la Rusia centralizada todo apunta al Kremlin.
La incógnita ahora es si Bakú seguirá adelante con la comisión intergubernamental en Moscú o suspenderá su participación. Una posible respuesta — levantar las restricciones a la exportación de armas a Ucrania — marcaría un punto de inflexión. Pero ello entrañaría el riesgo de que Azerbaiyán sea incluido formalmente en la lista rusa de “países inamistosos”, con consecuencias peligrosas: sanciones, presión económica y posibles pogromos contra azerbaiyanos en Rusia.
Con la perspectiva de una reunión en Pekín en el horizonte, Moscú ha elevado deliberadamente la tensión, obligando a Bakú a una posición en la que el silencio ya no es opción. La pregunta central sigue siendo: ¿cómo y cuándo responderá Azerbaiyán?


