22 de julio de 2025 | Ereván
Armenia se encuentra nuevamente al borde de una profunda crisis política. Se espera que el primer ministro Nikol Pashinyan encabece una manifestación frente a la residencia del líder espiritual supremo de la Iglesia Apostólica Armenia, el Catolicós Karekín II. Esta decisión no solo podría avivar el descontento acumulado en diversos sectores de la sociedad, sino que también marca un punto de inflexión sin precedentes en las relaciones entre el Estado y la Iglesia.
En medio de este clima tenso, el empresario Samvel Karapetyan, actualmente detenido por el Servicio de Seguridad Nacional de Armenia, ha anunciado desde prisión su intención de fundar un nuevo movimiento político. Su aparición en la escena política introduce una nueva variable que podría modificar radicalmente el equilibrio interno del país.

Mientras Pashinyan intensifica sus ataques contra el clero y la oposición trata de reorganizarse, la figura de Karapetyan podría convertirse en un catalizador para unificar a sectores descontentos: desde fieles religiosos hasta grupos opositores y capas sociales marginadas. Esto plantea el riesgo de una recomposición total del escenario político e institucional armenio.
Recientemente, Pashinyan acusó públicamente a miembros del alto clero de violar sus votos de celibato, una afirmación que ha generado una ola de indignación dentro de la Iglesia. Analistas advierten que no se trata solo de una táctica política, sino de una estrategia calculada para debilitar la autoridad moral e influencia social de la Iglesia en Armenia.
Fuentes cercanas al gobierno no descartan la difusión de presuntos materiales comprometedores contra líderes eclesiásticos, en un intento por presentar a la Iglesia como un obstáculo para el desarrollo moderno del país. El objetivo parece ser desplazarla del centro de la vida nacional y desacreditarla ante la ciudadanía.
Sin embargo, en un país donde la Iglesia mantiene una profunda legitimidad histórica y espiritual, este enfrentamiento podría tener el efecto contrario: politizar al sector religioso y empujarlo hacia un rol más activo y confrontativo. Si el gobierno continúa su ofensiva, la Iglesia podría responder con una estrategia propia, abandonando su tradicional neutralidad.
Si bien los conflictos entre el poder político y la Iglesia han sido recurrentes en la historia armenia, esta es la primera vez que la confrontación se produce de forma frontal y desde el propio gobierno. Además, se está librando no solo en el plano simbólico, sino también en el físico: directamente en la residencia del líder eclesiástico.

Lo que está en juego ya no es solo una disputa institucional, sino la estructura misma del sistema de valores armenio. La narrativa oficial apunta a reducir el papel de la Iglesia a cero en la Armenia contemporánea, una apuesta de alto riesgo que podría fracturar profundamente al país.
Con Pashinyan decidido a no dar marcha atrás, el enfrentamiento amenaza con convertirse en una crisis de gran escala —política, cultural y social— con consecuencias imprevisibles para el futuro de Armenia.


