Saturday, August 1, 2026
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Azerbaiyán no permitirá que Armenia vuelva a convertirse en el instrumento de nadie


Natig Nazimoglu

Los acuerdos históricos alcanzados en Washington entre Azerbaiyán y Armenia han desatado, como era de esperar, una oleada de indignación entre los nacionalistas armenios. Aún dominados por sentimientos revanchistas, acusan al primer ministro Nikol Pashinian de “traición”, “rendición” y “entrega de territorios”, una retórica que solo desnuda la percepción derrotista de quienes se oponen a la paz con Azerbaiyán.

En medio de esta histeria anti-“Washington”, una parte de la oposición armenia se desespera mientras otra se prepara para la última y decisiva contienda contra el poder. El oligarca arrestado Samvel Karapetyan ha anunciado la creación de un nuevo “movimiento político” con “planes a gran escala” para Armenia. Los revanchistas, que sueñan con una nueva agresión contra Azerbaiyán, miran además a una restauración del “alianza estratégica” con Rusia, la permanencia de la base militar rusa nº102 en Gyumri y otras medidas que reaviven el bastión ruso en Armenia.

Tras estas maniobras de la oposición antipaaz, se perciben con nitidez los esfuerzos de la propia Rusia. El Ministerio de Exteriores ruso ya ha presentado una batería inicial de argumentos destinados a poner en duda la solidez de los documentos firmados por los líderes de Azerbaiyán y Armenia con la participación del presidente de EE. UU. Incluye objeciones relativas a la creación, con participación estadounidense, del llamado “Ruta Trump” —el corredor de Zangazur— que conecta la parte principal de Azerbaiyán con su autonomía de Najicheván. La declaración del subdirector del departamento de información y prensa del Ministerio de Exteriores ruso, Alexéi Fadeev, de que “hay que tener en cuenta la membresía de Armenia en la UEAE y la presencia de guardias fronterizos rusos en la región de Syunik”, debe leerse como un elemento de presión sobre Ereván para que no olvide sus vínculos con Moscú.

Para dar más fuerza a estas “recomendaciones”, Moscú intentará sin duda apoyar a las fuerzas políticas que se oponen al gobierno de Pashinian de cara a las elecciones de 2026. Ayudarlas a triunfar es la única vía para reorientar la política exterior de Armenia hacia Moscú, lo que conllevaría el intento de frustrar los acuerdos de Washington. Además, la firma de un tratado de paz entre Azerbaiyán y Armenia solo será posible tras una reforma constitucional en Armenia que incluya la renuncia a las reclamaciones territoriales contra Azerbaiyán. Si el Gobierno actual planea dar ese paso tras las elecciones —en las que confía obtener la victoria—, la oposición prorrusa apuesta por impedir la revisión constitucional en caso de que Pashinian sea desalojado del poder.

¿Funcionará la apuesta desestabilizadora de Moscú y de los revanchistas armenios alentados por ella? La ceguera estratégica de esos cálculos no solo radica en la presencia estadounidense en el asunto del corredor de Zangazur. Los dos Estados soberanos, Azerbaiyán y Armenia, y solo ellos, tienen la facultad de decidir sobre esa vía de comunicación. Y el factor decisivo es Azerbaiyán mismo, que, tras la Gran Victoria, ha consolidado su estatus de potencia regional y está determinado a neutralizar cualquier intento de minar esa posición. Por eso, los esfuerzos por convertir de nuevo a Armenia en un “instrumento” dirigido contra Azerbaiyán están destinados al fracaso.

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