La tinta del tan esperado tratado de paz entre Armenia y Azerbaiyán podría secarse pronto. Para muchos fuera de la región, esa firma marcará el fin de un conflicto amargo que ha durado treinta años. Pero para quienes han vivido bajo su sombra –en ambos lados de la frontera– la verdadera pregunta apenas comienza: ¿Pueden los armenios y azerbaiyanos volver a vivir juntos?
Esta cuestión no comenzó en 1988, cuando estalló el conflicto de Nagorno-Karabaj, sino décadas antes. Durante la época soviética, y mucho antes, armenios y azerbaiyanos convivieron en ciudades, pueblos y aldeas a lo largo del Cáucaso.
Fueron vecinos en Ereván y Bakú, socios comerciales en Ganja y Guiumri, compañeros de clase en Stepanakert y Shusha. Los matrimonios mixtos no eran infrecuentes; las familias se reunían en mismas mesas, celebraban bodas y lloraban funerales juntos. En el imaginario colectivo, ciertos platos, canciones y bromas pertenecen a ambos pueblos, con orígenes difusos por siglos de vida compartida.
Luego vino la guerra. Tres décadas de escaladas y frágiles treguas dejaron decenas de miles de muertos y heridos. Millones se convirtieron en refugiados o desplazados internos, dispersos por el Cáucaso y más allá. En ese tiempo, generaciones crecieron conociendo al otro solo a través de imágenes televisivas, retórica política y el lenguaje de la pérdida.
Ahora, el tratado de paz ofrece una posibilidad –todavía frágil– de algo distinto. Pero los obstáculos son enormes. El trauma no desaparece con un apretón de manos diplomático. Para las familias que perdieron hijos y padres en las trincheras, las mujeres que quedaron viudas en su juventud, los niños que pasaron años formativos en campos o apartamentos alejados de su hogar, el conflicto no es solo un capítulo del pasado, sino una sombra constante.
Sin embargo, la historia compartida está ahí, esperando. Conversando con residentes mayores de pueblos fronterizos, se percibe una nostalgia silenciosa: recuerdos del pan del vecino al amanecer, de salidas de pesca con amigos armenios o azerbaiyanos, de aprender las lenguas del otro sin pensarlo. Estos son pequeños puentes que, si se cultivan, pueden convertirse en algo más grande.
Pero requerirá paciencia y algo más allá de la paciencia. Las escuelas deben enseñar una historia que reconozca la guerra, pero también los siglos de convivencia. Los medios de comunicación deben resistir los impulsos nacionalistas y centrarse en relatos de cooperación y humanidad. Los intercambios culturales, torneos deportivos y empresas conjuntas necesitarán apoyo de los gobiernos y de ciudadanos dispuestos a dar el primer paso.
También se requiere humildad de los líderes políticos. Un tratado no es el final, sino el comienzo de un largo proceso incierto, donde cada palabra o gesto puede deshacer meses de avance.
Las apuestas son tan altas como pocos en la región pueden imaginar. Si esta paz frágil se sostiene, armenios y azerbaiyanos podrían recordar estos años no solo como el fin de una guerra, sino como el inicio de algo más raro: el renacer de una vida compartida tras décadas de división.
Será difícil perdonar. Quizás imposible olvidar. Pero en algún lugar, quizá en un mercado fronterizo donde un vendedor armenio y un comprador azerbaiyano negocian el precio de la fruta, surgirá la primera prueba de que la paz no solo es posible: ya está ocurriendo.


